ASÍ ESTAMOS Y ESTAREMOS

Nos preguntamos, muchas veces, por qué estamos en la situación que estamos actualmente. Como país, como sociedad, y vil reflejo de ello, en materia futbolística. El fútbol en Argentina, lejos de ser meramente un deporte, es un fenómeno social. Me atrevería a decir que es quien mayor masividad acapara. Por la pasión arraigada, por la cultura y por lo que genera en sí. Ahora bien, el interrogante que todos nos hacemos, futboleros o no –porque la selección y Messi tienen ese poder de movilización- es el siguiente: ¿nos merecemos pasar por este momento? Porque finalmente, en la Boca no se pudo hablar.
La respuesta a esa cuestión, si uno apela al imaginario colectivo del argentinismo en su máxima expresión, seria no. Si Argentina tiene al mejor y nosotros somos los mejores. Cómo un país con tanta cultura futbolera va a quedarse sin Mundial. Cómo el subcampeón del mundo, puede llegar a ver la Copa por TV. Si los mejores delanteros los tenemos nosotros… Pero la realidad, ese cruel pero necesario espejo para demostrarnos dónde estamos parados, nos baja a tierra. Analizando punto por punto, y deteniéndonos en las responsabilidades, todos tenemos un grado. En primer lugar, institucionalmente nuestro fútbol no da pie con bola. En el proceso de Eliminatorias, AFA tuvo tres presidentes y ninguno planteó un proyecto de reestructuración de fondo. Solo poner parches y seguir para adelante. En relación con esto, y adentrándonos en el plano netamente futbolístico, son los directores técnicos. Cada Comisión Directiva escogió a un salvador o bombero. No a un DT con una idea, ni un proyecto, ni siquiera un líder que nos guíe hacia donde necesitamos ir. Primero que apague el incendio y luego vemos qué pasa. Martino llegó con un concepto similar al de Sabella, pero renunció a causa de lo que se veía venir. En ese sentido, fue un previsor. Bauza llegó a mitad de la “normalización” de la AFA y se calcinó en medio de ese incendio. Y ahora con Tapia y compañía, vino Sampaoli a cumplir su sueño, pero no el de los dirigentes. Siempre buscamos a un “libertador” que, a fin de cuentas, no queremos desde el vamos. Porque ni Tata, Patón o Sampa eran el anhelo de los dirigentes y mucho menos, de la unanimidad del pueblo argentino.
Entonces, habría que preguntarnos, ¿Qué papel jugamos como hinchas y sociedad? La autocrítica es parte de un proceso de crecimiento. Y debería empezar por nosotros. Si cada uno aporta su grano de arena, quizá logremos construir el castillo del Imperio que deseamos. Lo primero que se me ocurre, es el apoyo y la crítica en demasía. Nos cansamos de juzgar todas las decisiones habidas y por haber. Desde el estadio, hasta el planteo táctico, la lista de convocados, e infinidad de etcéteras. Más allá de que hay jugadores que no representan al 100% lo que se espera de ellos, no ejecutemos a quienes sí lo hacen. Y se me viene a la mente lo sucedido ante Perú con los fantasmas del 69’ y particularmente, el caso Gago, que merece un párrafo aparte.

 

Fernando duró solamente 3 minutos en el encuentro. Ingresó, tocó dos pelotas y se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Al instante el jugador se dio cuenta, quien ya conoce su cuerpo tras sufrir dos lesiones de gravedad en el talón de Aquiles. Hizo la seña del cambio, se lo dijo a Messi y se lanzó desplomado del dolor al césped. Se tomaba el rostro, como sintiéndose culpable de lo sucedido. Quería desaparecer. Que se lo trague la tierra. No otra vez, pensaría. ¿Qué hice para merecer esta tortura?, se preguntaría. Ya está. La tercera es la vencida, exclamaría en caliente, con su consciencia. Todo eso, en milésimas de segundos. Pero cuando salió para ser revisado por los médicos, su amor propio y por la camiseta blanquiceleste, pudo más. Insultó al médico y le dijo que quería jugar de todas formas. Rogaba que lo deje meterse a la cancha. Que no me voy a ir así. Si muero, muero en la mía. En el campo de batalla. Que me saquen hecho pedazos de acá, pero que me saquen. Las peleas se ganan o se pierden ahí. Y hablando de peleas, el tipo fue, con la rodilla con un ligamento despedazado, a trabar a un rival. Después asumió la realidad. Que era insensato seguir, por más Rocky Balboa que parezca. El equipo no necesitaba un jugador a medias. Por eso se fue solo al vestuario, incrédulo. Replanteándose la vida futbolística. Analizando si a sus 31 años debería correr otro riesgo, o si con esto ya está. Que fue demasiado para él. Ojalá que no. Que lo medite con su familia, amigos y demás seres queridos. Y me pongo en el egoísmo argentinista por un rato, de pedirle, que no nos prive de su fútbol. Que nos regale un poco más de su exquisitez en el pie derecho. Ya no le tiene que probar nada a nadie. Contra Perú, vislumbró que ese tipo de hombres se necesitan en la selección. Y Dios quiera que copien el ejemplo y que la victoria del martes, sea también por él.
Esto me lleva a enlazarlo con lo explayado anteriormente. Es cierto que Gago se fue ovacionado de la Bombonera. Pero hubo muchos, que lo condenaron. Que ve una camiseta con una banda roja y se asusta, afirmaban algunos. Otros decían que le pesaban los partidos cruciales. Y peor aún, varios se mofaban de la mismísima lesión. Memes, risas y burlas en todas las redes. Pero lamentablemente, esto es normal. Aunque pocos, incluso ex River, le mandaron sus fuerzas. Por minoría que sea, eso hay que remarcar y copiar. Ese es el camino. Está tan naturalizada la desacreditación, que hasta nos subimos a ese barco y nos “alegramos”. Acá criticamos a los mejores. Los cracks para nosotros si no ganan, no sirven. A los distintos los esperamos para que les vaya mal y señalarlos con el dedo, cual juez de la Suprema Corte de Justicia. Pero claro, cuando no están los extrañamos. Sucedió con Messi, cuando dejó la selección y teníamos que pedirle de rodillas que vuelva y con banderazos en diversos puntos del país, y después, cuando lo suspendieron. El ensañamiento por buscar responsables o culpas de un externo, nos carcome. Y hasta nos puede privar del Mundial. Entendamos que, en esta situación, lo único que sirve y servirá es el apoyo. La unión. El respaldo y el deseo de buena fe. Mientras tanto, así estamos. Y si no nos concientizamos y no modificamos nuestro obrar, así estaremos.

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