AÚN SIN LA PELOTA, ES EL MÁS GRANDE DE TODOS

Para muchos, Messi todavía tiene cosas por probar. Que no ganó un Mundial, que con la Selección Argentina no juega como en Barcelona, que se ríe y no se enoja y por eso no puede ser capitán, que no es líder, y otros absurdos sinfín. No entraremos en el debate sobre ello, ya que nos parece innecesario. Cada uno es libre de pensar lo que quiere. Pero Leo lo hizo de nuevo. Silenció a sus detractores y esta vez, sin la redonda y fuera de la cancha. Un gesto de los que acostumbra, aunque no trascienden con la fuerza que deberían. El 10 argentino le cumplió el sueño a un pibe uruguayo que lo idolatraba. Messi no necesitó una capa o una pelota para disfrazarse de héroe…
El niño se llama Luciano y faltó al colegio a la espera de cumplir su deseo más profundo: conocer en persona a Lionel y en lo posible, robarle un momento. Y vaya que lo hizo. El chico no pudo contener la emoción y con la inocencia característica de una criatura, tomó coraje y atravesó el vallado de seguridad con el objetivo de abrazar a su ídolo, sin mediar consecuencias. Pero la insensible realidad se le abalanzó. Los guardias tomaron al hincha de Nacional y evitaron que se acerque a tocar el cielo con las manos; fueron más messistas que Messi. Ahí yace el error. La “Pulga” no es una “verdad absoluta”. Demostró otra vez su capacidad para sorprender aún más de lo habitual. Es impredecible dentro y fuera del campo. Por eso, ante el llanto desconsolado del joven, Leo lo llamó y le cumplió el sueño. Abrazo, caricia en la cabeza, algunas palabras y una foto que seguramente retratará al día siguiente. Valió la pena ese riesgo guiado por el corazón para obtener su anhelo más preciado. Pocos le creerán mañana en el colegio, cuando relate la historia más hermosa de su vida, con el 10 del Barcelona como protagonista.
Por el contexto en el que sucedió, engrandece mucho más el gesto. En Uruguay, a un día de disputarse otro “Clásico del Rio de La Plata”, lo trascendental del partido para Argentina y en medio de algunos insultos por parte de los uruguayos, cuando descendían los jugadores del micro en dirección hacia el hotel. Algunos, más respetuosos, solo cantaron “Vamos Celeste”. Los argentinos, con Sampaoli a la cabeza, ingresaron al Sheraton sin distraerse ni un segundo, salvo Messi. Él siempre es la excepción a la regla. Por eso entendió lo que representaba para ese niño una simple foto con él. Tal vez, se vio reflejado en su infancia cuando soñaba conocer a su ídolo, Pablo Aimar y aunque sea, robarle un abrazo. Por estas cosas, Lionel es un maestro. No necesita estar en una cancha de fútbol para dar lecciones. De él se aprende, día a día, de la vida. Y más allá de su juego celestial, nos demuestra que es más terrenal que cualquiera de nosotros. Y nos desafía a ser mejores. Porque aún sin la pelota, es el más grande de todos.

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