EL DIABLO DE LOS MILAGROS

Atlético Tucumán venia haciendo historia en este 2017. Una campaña soñada, con épicas hazañas como la odisea en Quito, cuando jugaron con la camiseta del sub20 de la Selección Argentina. Por problemas en la logística, enfrentaron a El Nacional con la pilcha celeste y blanca y los vencieron. Por este y otros motivos, se los catalogó como el “Decano Milagroso”. Al quedar eliminados de la Libertadores, accedieron a la Sudamericana, en donde prosiguieron su aventura. Hasta que enfrentaron a un Independiente entonado. En Tucumán, por la Ida, los vencieron ajustadamente por 1-0. Un resultado que los dejaba cómodos para la visita en Avellaneda. Al menos, eso creían.
El partido se dio como lo indicaba la lógica. Independiente buscó el gol prácticamente desde el vestuario, con la urgencia de convertir mínimamente un tanto, para forzar la tanda de penales. Y no tardó mucho en llegar. A los 16’, tras un desborde de Benítez por derecha, Leandro Fernández estampó un golazo que le daba tranquilidad al Rojo. No obstante, minutos después sonaría la alarma: amonestado Tagliafico. El primer tiempo prosiguió con la misma tesitura, con ambos buscando romper el marcador global, sin descuidar el arco propio, aunque finalizó sin mayores inquietudes.

 

Las emociones se reservaron para el segundo tiempo. Al principio, no serían buenas noticias para los de Avellaneda: su capitán vio la segunda amarilla y se fue expulsado, a pocos de minutos de haber iniciado el complemento. El Rojo se complicó y rearmó sus filas, con el ingreso de Rodríguez para realizar los relevos y suplantar al hombre de menos. Por su parte, el Decano creció, aunque no le pudo sacar mayor provecho al jugador a favor. Independiente tomó nota de esto y adelantó sus líneas, hasta que a los 65’ se le presentó la oportunidad de ampliar la diferencia. Una gran jugada de Bustos por la banda derecha –fue de lo mejor en el local, ya que explotó esa parte del campo- provocó que Sbuttoni le cometiera penal. El autor del gol buscaba su doblete. Pero anunció el remate demasiado y Lucchetti adivinó el palo. El rebote favoreció al delantero, quien de manera insólita la tiró por arriba del travesaño y desperdició la chance de sentenciar el encuentro. Fernández se transformó de héroe a villano, en segundos. Sin dudas, fue un baldazo de agua fría para el público. La desazón reinaba en el Libertadores de América. Los viejos fantasmas de una eliminación, acechaban. Y el disgusto aumentaría. Porque diez minutos después, el arbitró sancionó la pena máxima para Atlético, por una mano inexistente –pegó en el brazo del atacante-. Pulga Rodríguez fue el encargado de ejecutarlo:  pasos a lo Ortigoza y gol de la visita. Los hinchas no podían creer lo sucedido. Fue un milisegundo en donde los corazones de Avellaneda se paralizaron. Pero Cunha cobró invasión y el penal tuvo que reiterarse. Luis pateó nuevamente, pero cambió el palo. Campaña adivinó y desató el infierno. Los diablos gritaron la atajada como un gol propio. Lo mejor, estaba al caer.
El envión anímico era innegable. El Libertadores, una caldera. Los de Holan, envalentonados por el aliento de su hinchada. No se resignaron y no firmaron los penales. Aspiraban a más. No querían pasar por ese sufrimiento, otra vez. Por eso, presionaron en campo rival. Total, una iba a quedar. Y quedó, en los pies del menos pensado. Porque Martín Benítez fue una incógnita hasta último momento. El 7 arrastraba una distensión –se rumoreó que era un desgarro- que le impedía estar al 100%. El jugador probó y jugó. Y con esa misma pierna, realizó el milagro. Dos pases consecutivos hacia el medio tras el robo en ¾ de cancha. Zapatazo con la derecha desde afuera del área. 2-0. Explota el estadio. Enfurecidos de alegría. El “Daleee Rooo” se escuchaba desde cada paladar negro. Atlético no pudo reaccionar, ni supo aprovechar la superioridad numérica. Hoy, la historia se le vino en contra. Los de la epopeya, fueron sus rivales.
Holan, reconocido hincha del Rojo, le devolvió la identidad al equipo, y les renovó la esperanza a los fanáticos de Independiente. Con un conjunto de hombres predispuestos a la mejora, una identidad clara de juego, la cantera del club como bandera y, por sobre todas las cosas, mucha entrega, algo que para Ariel es innegociable. Los de Avellaneda dieron una muestra de carácter ante una prueba de fuego, probando que pisan fuerte. El Rey de Copas, reclama su trono. El DT quiere ser el nuevo Pastoriza. Los jugadores, sentir lo que vivieron los Bochini, Sá, Pavoni y compañía. El saludo, presente fecha a fecha por explícita orden del DT.  La mística copera, parece haber renacido. Toda la hinchada festeja la actualidad del equipo. Se ilusionan con el ahora y sueñan con un mañana prometedor. Por las dudas, ya le rezan al diablo de los milagros.

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