EL DUEÑO DEL JUEGO

Finalmente, terminó el martirio. Argentina clasificó al Mundial de Rusia 2018 y alejó cualquier tipo de fantasma. No obstante, tendrá un largo camino por recorrer de cara al siguiente año, si quiere repetir lo realizado en Brasil. Aunque a pesar de todo, tiene a que aferrarse: el mejor jugador del mundo, Lionel Messi.
El 10 dio la cara cuando las papas quemaban y metió un hat trick. En el día 10/10, por si quedaba alguna duda, la noche fue del 10. El astro del Barcelona fue amo y señor del juego y comandó a la albiceleste a un nuevo Mundial. Algo que en teoría debería ser normal, se transformó en pesadilla. El conjunto de Sampaoli deambuló a lo largo de las Eliminatorias y llegó al partido final, inclusive afuera del repechaje. Por una cuestión lógica de desorganización institucional, se llegó a esta instancia. Y otra vez, Messi nos salvó a todos.
La escena no pintaba bien desde el vamos. La cancha estaba con varios charcos en la previa y además, la altura misma de Quito era un factor que jugaba en contra. Pero el principal rival de la Selección, era Argentina misma. Contra Venezuela y Perú no concretó y casi lo pagó demasiado caro. Para colmo, al minuto Ecuador nos dio un baldazo de agua helada y nos encontramos 0-1 desde el vestuario. Es cierto eso de que Argentina es el propio rival, porque ayudó muchísimo al local a marcar. Más desalentador el panorama, imposible. Pero la noche era distinta. Se sentía en el ambiente. Era un partido de vida o muerte, futbolísticamente hablando. Si Argentina no ganaba, las probabilidades de acceder a Rusia eran limitadas. Muy limitadas, ya que debían alinearse todos los planetas y los resultados en los demás partidos. Dependíamos de un milagro, de esos que solo D10S sabe hacer. Y la respuesta fue inmediata. Una de las pocas “jugadas catalanas” en la albiceleste terminó en gol. Gestación de Enzo Pérez –el que mejor interpretó el partido-, asistencia a Messi, descarga con Di María y Fideo se la devolvió redonda a Leo para que solo tenga que empujarla. Empate. Desahogo. A respirar y seguir.

 

Si la adversidad les pesaba a los jugadores, como algunos afirmaban, la prueba de fuego se sorteó de maravillas. Y en pocos minutos, algo no menor. Se convirtió antes de los 15’, después de más de 400 minutos sin que la pelota culmine en la red del arco rival propinada por uno nuestro. Luego el camino se allanó solo. O mejor dicho, lo facilitó Messi solito. Porque el segundo es una guapeada de él, de esas que se le critica tanto que en la Selección no realiza y en Barcelona sí. Fue a trabar –algo que el argentino promedio aclama por excelencia- se la extirpó al rival y se la clavó en el ángulo del primer palo al arquero ecuatoriano. 2-1. La tranquilidad llegaba gracias a la zurda prodigiosa del “Messías”. Ahora quedaba aguantar. O liquidarlo. Y así fue, nuevamente, desde los pies del diez. Hat trick, 3 a 1 y el pasaje hacia Rusia.
Argentina clasificó al Mundial y nada más –o nada menos-. Dependiendo desde donde se lo analice, se podrá catalogar como hazaña o no. Si es teniendo en cuenta la crisis institucional en AFA, el desfile de técnicos y la indeterminación de una idea de juego, entonces es más que una proeza. Aunque todo eso queda de lado cuando se analiza al rival: un Ecuador sub23 –prácticamente- no podía hacer frente a esta Argentina plagada de estrellas. Pero la altura en esas instancias siempre juega su papel. Y más con la urgencia que tenía la selección. Pudo controlar el nerviosismo, mediante resilencia, y transformarlo en modo positivo. A pesar de la presencia del “Mago Manuel” para “abrir el arco” –hasta el misticismo tuvimos que recurrir para tratar de avanzar- el único capaz de hacer magia, con bastón y galera, fue Messi. El enano, en la altura de Quito, fue el más grande de todos.
No solo se agigantó y jugó uno de sus mejores partidos en toda la historia que lleva con la celeste y blanca. Sino también, fue el mejor. De Argentina, por cuestiones obvias, ya lo era hace mucho. Pero ahora fue el verdadero Leo Messi. El del Barcelona. El de los balones de oro. El de las Champions. El mejor de todos o simplemente, “The Best”. O mejor aún. El dueño del juego, como bien lo retrató Mascherano –quien lo conoce como pocos- al tiempo de obtener la clasificación. El diez se llevó la pelota, la clasificación, y millones de argentinos en su corazón. Y nos regaló la emoción de vivir otra Copa del Mundo. Ojalá que ahora el destino sea justo, y el fútbol –y sus compañeros-, le regalen una a él.

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