EL MAGO DE SAS

Eran aproximadamente 2.30 hs en Argentina. La gran mayoría descansaba para arrancar con energía al otro día. Pocos, trasnocharon para cumplir con alguna que otra obligación. Pero muchos, se quedaron hasta tarde, para ver un show de magia. Sí, por mas insólito que parezca. Y es que ese espectáculo, contaba con un mago que, posiblemente daba su última función. Nadie lo sabía, pero en el ambiente se respiraba incertidumbre. Como buen mago que es, eso genera Emanuel Ginóbili. Solo él sabrá si esa, verdaderamente, fue la definitiva. Ojalá tenga un as bajo la manga.
El mago, no quería nada de despedidas. Normalmente, cuando un show de magia culmina, él recibe la ovación del público. El partido pasado, en San Antonio, Ginóbili advirtió que no quería saber nada de eso. “Ojalá vayamos ganando por 20 pts. y nadie lo recuerde” exclamó ante la consulta. Brilló y puso la serie 1-3. Si había despedida, que sea lejos de casa. Y así fue. Para la ocasión, como todo mago, llevó su pilcha blanca y negra. Nada de trajes. Sin moño ni galera. Musculosa y cortos, con la 20 resplandeciente en la espalda que, en un futuro no muy lejano, relucirá en lo alto del AT&T Center. Manu brinda shows de magia sin quererlo. O sin sentirlo de esa manera. En contrapartida a la gran mayoría de jugadores de la NBA, él no lleva vinchas, calsas, ni tatuajes. Trata de pasar desapercibido. Aunque no lo logra.

Un mago siempre hace lo que quiere. Es impredecible. Nadie sabe con lo que se vendrá. Y así es Manu en la cancha y en la vida. A sus 40 años, desafió las leyes de la naturaleza y jugó una temporada más. Cuando muchos lo daban por retirado. Cuando San Antonio despidió a su mago en aquellas finales de conferencia ante el verdugo de anoche. Pero el hechicero sacó un conejo de la galera y anunció que aun tenía magia por dar. Lo mantuvo en secreto un buen rato, porque de eso saben y bastante los magos. De ocultar y sorprender.  Son enigmáticos por naturaleza. Y ahora no va a ser diferente. Como hace un año, Ginóbili pensará, nuevamente, si todavía la queda nafta en el tanque. Si nos quiere regalar su magia en contra de su voluntad, pero por amor al básquet. Porque los distintos son distintos por cómo hacen las cosas. El empeño que le ponen. La pasión. El amor por su profesión. Así son los magos. De esa manera vive el básquet Manu. Ahora tiene que hacer lo que quiera. Porque ya cumplió, aunque no le debía nada a nadie. Era hasta los 40.

Dio y regaló todo dentro de la cancha. Su ilustre carrera es irreprochable. Ni una mancha tanto dentro como fuera del campo. Hasta el último instante batalló. Cuando todos creían que los Warriors barrían la serie, apareció el hechicero y les dio una vida más. Cuando el barco se quedó sin su capitán, él agarró el timón y comandó a la tripulación. La carrera de Ginóbili es una obra de arte pintada al óleo. Volcadas y tapones a sus 40. Se siguió tirando de cabeza como a sus 15 años. Porque con esa vigencia jugó hasta el final. Y transmitió sobradas emociones. Las más recordadas por los argentinos sin dudas serán la palomita ante Serbia y el Oro Olímpico, en Atenas 2004. Con los Spurs, más allá de los títulos, una de las más frescas fue la tapa a James Harden, que levantó de sus asientos a cualquier aficionado o no del básquet y los Spurs.
Quizá el mago más conocido por el mundo, es el de Oz. Pero a éste lo van a recordar. La última función de anoche desveló a cualquiera. Pocos que vieron el show podrán haber dormido con tranquilidad. Sabiendo que ya nada iba a ser igual. Manu siempre alega que no hay que precipitarse. Se tomará dos meses y resolverá. Piensa cada decisión de su vida como en la cancha. Con mesura. Pero por las dudas, nos adelantamos. Lloramos. No sabremos si es un adiós inmodificable, pero lo despedimos de todas maneras. Porque la vida no nos prepara para las despedidas de éste mundo. Son dolorosas y hay que asumirlas. Llevan un proceso. Un duelo interno. Y la forma de hacerlo es ésta.

La ciudad de San Antonio habrá amanecido con la incertidumbre de ver qué sucederá con su mago; como ya sucedió en Oz cuando éste no aparecía. Pero Manu hará lo que él quiera. Lo merece. Se lo tiene ganado. Si decide continuar, sus números y rendimientos hablan por sí mismos. Ahora, si quiere dedicarle tiempo completo a su hermosa familia, que tanto lo bancó, también nos alegraremos. El egoísmo del mundo del básquet por verte jugar se contrapone a la satisfacción de verte feliz y tranquilo disfrutando a tus seres queridos. Al final, el mago se llevó el reconocimiento y respeto de todo Oakland. Pero hubo uno muy particular. Y fue el último. Steve Kerr, el coach de Warriors y ex compañero de Ginóbili, le dijo que le recordaba a Federer. Porque el técnico le consultó a Roger porque seguía, y le respondió que por amor al deporte. Y está mas que claro que Manu ama al básquet… Habrá que ver qué sucede. Solo “El Pibe de 40” lo sabrá, como buen hechicero. Mientras tanto, en Texas la inquietud seguirá latente. El mago de Basilea siguió deslumbrando al mundo del tenis. Ahora, en el baloncesto, la última palabra la tiene el mago de SAS.

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