EL MOTOR DE LA NARANJA MECÁNICA, A LA SOMBRA DE CRUYFF

No estamos hablando de ningún elemento de alguna fábrica. Tampoco estamos hablando de la película. Cuando una persona amante del fútbol escucha el término “Naranja Mecánica” inmediatamente rememora aquella Holanda de los años 70’. Un equipo consolidado con la base del Ajax de Ámsterdam y Feyenord, con Johan Cruyff como estandarte. Una idea futbolística que tenía un objetivo bien en claro: cubrir la mayor cantidad de espacios dentro del campo de juego. Todos atacaban y todos defendían. Relevos, rotaciones y pressing eran sus premisas. Pero para que este aparato funcionara, necesitaba un motor incansable. Ese era, Johan Neeskens, quien el día de hoy cumple 65 años y cuya historia merece ser contada.
Jugó durante la mayor parte de su carrera como mediocampista, aunque empezó como lateral. Pero por su buen manejo de pelota, su admirable condición física, su despliegue en la cancha y su liderazgo innato, el técnico Rinus Michels decidió desplazarlo al centro del campo. Allí se convirtió en figura en todos los equipos en donde estuvo. El Ajax de los 70’ tricampeona de Europa, la Selección de Holanda en los Mundiales del 74’ y 78’ y el Barcelona campeón de la Recopa 78-79. Pero en todos ellos, con un denominador en común: no pudo brillar en todo su esplendor porque vivió a la sombra del mejor futbolista de esa época, Johan Cruyff. Por eso muchas veces se lo tildó de “Johan II”, en clara alusión al nombre de ambos futbolistas. El numero uno era Cruyff, y él sería el segundo.  Eran los equipos de él y no de Neeskens, que hacía “el trabajo sucio” para que el crack se luzca en la delantera, pese a no tener una posición definida en el campo.
Tuvo dos hechos ilustres en su carrera, en los cuales demostró para qué estaba hecho. Uno fue en la final de la Copa del Mundo de 1974, ante Alemania Occidental. En el primer minuto de juego, la ‘Naranja Mecánica’, encadenó 16 pases consecutivos ante los asombrados alemanes, y Cruyff forzó un penal contra Hoeness. Neeskens fue el encargado de patearlo. Con tan solo 22 años, con todo el público en contra -ya que el equipo de Beckenbauer era local-, y en una final del Mundo, tenía tamaña responsabilidad. Con su potencia era el encargado de ejecutar desde los doce pasos la mayoría de las veces en su equipo. Pero éste, era el penal más importante de su carrera. No defraudó y fusiló al arquero teutón, estableciendo el 0-1 parcial. Sin embargo, con goles de Breitner y el bombardero Muller, los alemanes dieron vuelta el encuentro y se consagrarían en suelo propio como campeones. Aquí iniciarían los fantasmas del subcampeonato.
El otro fue durante el ocaso de su etapa en España. Más precisamente, el último partido con la casaca blaugrana. Fue en la final de la Recopa 78-79 ante el Fortuna Düsseldorf, en Basilea. Tras 4 años defendiendo los colores del conjunto “culé”, jugó su último partido en aquella histórica y recordada final. Tras un empate en 2, el destino de la copa debía definirse en el alargue. Allí Krankl marcaría el gol que consagraría campeón al Barcelona (4-3) y definiría el último partido del holandés en el cuadro catalán. La afición nunca se cansó de corear su nombre, que a fuerza de entrega y energía sin límites, se ganó su cariño a tal punto de tener devoción por él. Lamentablemente el final sería agridulce porque si bien es cierto que alzaron la copa, el ex Ajax abandonaba el club por una polémica decisión para liberar un cupo extranjero y fichar al danés Allan Simonsen. Ese partido se retiró del campo entre lágrimas y ante una multitud que lo transformaba de ídolo a leyenda del club.
Retomando al seleccionado holandés, estos marcaron un antes y un después en el fútbol. Rompió con todas los paradigmas preestablecidos. Sentó las bases para equipos como el Barcelona de Cruyff (como DT) o el de Pep Guardiola. Admiró al mundo futbolístico con su “fútbol total” como se lo denominó en la época. Terminó con el prejuicio exitista “de los segundos no se acuerda nadie”. Nada de eso. A veces los segundos son más recordados que los primeros, no por sus logros sino por lo que significaron. Cuando alguien recuerda el Mundial de 1974, nadie menciona al campeón. Esa Copa del Mundo fue de Holanda. No lo consiguió, pero logró algo más importante: marcar el inicio de una era. El de la Naranja Mecánica. Algo similar al caso de Neeskens. Si no hubiera sido contemporáneo a Cruyff, seguramente sería la cara de ese equipo. Por su liderazgo, entrega y personalidad. A nadie le gusta ser “la sombra de”, pero lamentablemente nació en esa época.  Aunque no fue la “pinturita” de esa Naranja Mecánica, sin lugar a dudas será recordado por todo el ambiente del fútbol, por ser el motor de ella.

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