EL ÚLTIMO BESO

Se sentía un ambiente distinto en la ciudad de Boston. Bastante inusual. Porque en la noche del domingo, los New England Patriots -franquicia de la NFL del estado de Massachusetts- jugaban el Super Bowl ante los Falcons, en Houston. Aunque no era el único acontecimiento relevante. Simultáneamente, había un partido de básquet que se llevaría las miradas de muchos locales, más que por la envergadura del evento en sí, por el contexto y significado emocional que tenía. Pues esa misma noche, por la temporada regular de la NBA, los Celtics se enfrentaban a los Clippers. Hasta ahí, parecía un partido común y corriente del extenso calendario de la máxima competición basquetbolística del mundo. Pero el rasgo distintivo de ese encuentro, era que Paul Pierce, ídolo del conjunto local, pisaría el TD Garden por última vez como jugador profesional, ya que se retirará a fin de temporada.
El mítico jugador de 39 años se metió en los corazones verdes de una forma atípica. Es un amor raro, hasta irónico si se quiere. Porque Paul, criado en los suburbios de Inglewood –Los Ángeles- en donde la vida era una lotería y las oportunidades eran ínfimas, su única salvación fue el básquet; y como todo niño angelino, tenía la aspiración de ponerse la camiseta de Lakers, equipo insignia de la ciudad. Pero el destino tenía preparado otro camino para Pierce y era el inverso al que esperaba: en el Draft de 1998 fue escogido nada menos que por Celtics, archirrivales de los amarillos. El conjunto odiado por su infancia, por la rivalidad existente entre las dos franquicias más ganadoras de toda la historia, era el trampolín a las grandes ligas y posteriormente, dio paso a la idolatría…
Pierce intuía la dimensión que tomaría su arribo final al Garden. Ingresó al estadio con vestimenta de los Patriots para desvirtuar, en cierta medida, la trascendencia de su llegada. Pero cuando se dio el momento de anunciar la salida de ambos equipos, el TD se vino abajo en aplausos, ovacionando cuando escucharon el nombre del 34 de los Clippers. El entrenador Rivers le regaló la titularidad, entendiendo la importancia del encuentro en lo personal para el alero. Además, él fue quien dirigió a los Celtics del “monstruo de tres cabezas” como figuras –Allen, Garnett y Pierce- en 2008, cuando Paul comandó al equipo al título en la final vs Lakers, donde fue MVP, reeditando esa magnífica rivalidad y cortando la sequía de 22 años sin títulos de los verdes. Por ello el coach comprendía más que nadie el alcance y significación de que el 34 juegue, al menos unos minutos. Y así fue.
Arrancó en el quinteto titular, aunque no pudo encestar en los primeros cinco minutos del encuentro, tomando un solo disparo. Luego, no vio acción hasta que el juego no estuvo sentenciado y la diferencia era inalcanzable, a falta de 30’’. Entonces, “Doc” lo envió al campo para que, tanto los aficionados como el mismo jugador, disfruten el poco tiempo que les quedaba recíprocamente en el parqué. Para no romper con la vieja costumbre de convertir siempre en el Garden, Pierce clavó un triple a falta de once segundos para el delirio de los aficionados locales, que sufrían puntos en contra, pero interpretaron de quien venía y que era el final del “homenaje”. Paul quedó con su mano extendida con el mismo movimiento del tiro, saludando a todos y diciendo adiós para siempre, al patio de su casa.
No por nada Shaquille O’Neal lo apodó “The Truth” (la verdad). Siempre fue frontal cuando tuvo que serlo, fue un líder positivo en las franquicias en donde estuvo, y tomó infinidad de tiros decisivos en el Garden; los cuales lo llevaron a ser el segundo máximo anotador en toda la historia de la franquicia de los Celtics, superando a nadie menos que a Larry Bird y quedando por detrás de John Havlicek. Pero, a decir verdad, nadie anotó más allí que Pierce. La historia de amor comenzó un 5 de febrero de 1999, cuando disputó su primer partido en Boston y culminó el mismo día, pero 18 años después. Otra de las sorpresas que tiene este deporte y la vida misma.
Cualquiera catalogaría la carrera de Pierce como una verdadera ironía. Pasó de anhelar desde pequeño en jugar para Los Ángeles Lakers a convertirse en ídolo indiscutible de su archirrival y retirarse con la camiseta del “adversario regional”. A veces el destino se torna caprichoso y los amores van y vienen, mutando con el correr del tiempo. Paul encontró al verdadero, vestido de verde. En la mitad del campo del TD Garden, se encuentra “Lucky, the Leprechaun”, icono de los Celtics, que tanta suerte le ha dado al jugador, según sus palabras. Y pudo despedirlo como todo el mundo quisiera saludar a ese cariño que parte, se deja atrás o se marcha: con el último beso.

Dejá una respuesta