LA PASIÓN ES UNA LINDA EXCUSA

El domingo, ese día de descanso, sancionado en 1905 por Alfredo Palacios, permitió la consolidación de espacios que poco saben de descanso y mucho entienden de emociones especiales. Una de ellas es el ritual familiar del almuerzo, largo tablón, como la sangre inmigrante lo demanda desde tiempos remotos. Abundante olor a cocina invade el vecindario, insignia del encuentro familiar;esa ceremonia indispensable e irrenunciable que cada generación fue trasladando y que aún se revive en la misma mesa de cada domingo.
Ritual saldado, es el momento donde cada dos semanas la racionalidad se queda en el hogar y la pasión sale a caminar para ocupar su lugar en el mundo. Mientras marcan las 15, comienza a elevarse cada vez más el frenesí, cuando se produce el instante de envolverse en los gloriosos colores. Carnet en mano, SUBE y documento; formalidades varias, y el acompañamiento de la persona que traes a la vida, con quien se comparte ese amor, esa ceremonia y esos silencios dentro del ruido.Esos placeres, esos disgustos, esos enojos, esas alegrías, esas afonías, esos desquicios; en fin, ocasiones que ninguna película reproduce pero que quedan en esas emociones del “descanso dominical”.
Una columna camina en la misma dirección, puntos de encuentro marcan la convergencia de distintos tipos de pasiones en un mismo altar. Será que Dios ese domingo atiende en un solo lugar, en un solo horario y en condición de local. Que lástima que la misa solo sea cada quince días, siempre que el cronograma lo deje, y cuando el compromiso lo marca.
Enfilados en la caravana que solo lleva a Roma, porque todos los domingos en donde se juega de local, no existe camino que no lleve al “templo”; es en donde se sube a ese tren de emociones que solo tiene una estación, que se transita con miradas, gestos y cantos; cada uno de los matices que marcan el camino dorado.Calles de por medio, sacudón del colectivo en cada aliento en el trayecto, caminata en la avenida, los colores inundando la calle. Una vez allí, se encuentra el olor a ese domingo de ritual inmigrante, pero que sabe a local con esa fragancia indiscutible. Poco tiene de referencia con los importantes restaurantes franceses, con la comida de vanguardia, pero que lindo que se siente ese olor inconfundible a los “choris”, a la hamburguesa de cancha, a la carne argentina. En fin, a lo nuestro.
Gaseosa o cerveza de por medio, hamburguesa y ofertas de mercancía que poco ofrece de original. Ese espacio que uno marca como territorio indiscutible de batallas épicas, de sentimientos que nadie te arrebata y de los cuales ninguno debe dar explicación, es el panorama del “descanso dominical”. Allí, en donde uno no está dentro de sus cabales y se olvida de ser, se convierte en un ente poseído por la tan inexplicable “pasión”. Eso es a lo que comúnmente llaman,amor a los colores. La multitud se agolpa, los controles son atravesados, las escaleras se hacen interminables y el aire es poco. Esto denota que el altar está frente a nuestros ojos, de que esa situación que se repite es una nueva anécdota por a comenzar, con los mismos indicios racionales en su forma, pero que poco de “mismo” tiene en la pasión y en el sentimiento del hincha.
Traspasar la puerta que directamente te sumerge en una marea de personas “irracionales”, aventureros de emociones, de esapasión que el templo reproduce un sinfín de veces, pero con pocas probabilidades de generar lo mismo en cada oportunidad. Ubicación de por medio, momento de repasar la información del día respecto al encuentro, observar cómose va llenando la tribuna, intercambiar ideas, empezar a sentir esa energía que irradia desde ese espacio único. Canto va, canto viene, el ingreso de la gloriosa hinchada y consecuentemente, del equipo que disputará el partido. El recibimiento épico a los gladiadores que batallarán por su lugar en historias gloriosas, queriendo quedar inmortalizados como héroes alzando las copas.
Cual acontecimiento litúrgico, despliega todas sus cualidades y en 90 minutos una finita cantidad de gente presente es poseedora de un milagro único, navegar solamente en las aguas de la pasión, del desenfreno y la euforia. Esos dos tiempos son espacios donde todo pasa lento, donde el sentimiento se convierte en canción, que es el aliciente de los gladiadores para ir en busca de las proezas.Vaya aliciente, ese “coro de almas” en el transcurso de la misa representa el espíritu y el cuerpo de la institución, esa que solo necesita de fieles congregados para su existencia, pero que, sin sacerdotes dispuestos a dejar sus vidas en pos de las vestiduras, no sería posible relatar cada una de las homilías.
Cada gol convertido es un abrazo glorioso, de los que te dejan sin aire, en los que cada gramo de fuerza es transmitido hacia el otro cuerpo.Son esos que, sin dudas, se sienten de una manera única. El famoso “abrazo de gol” poca explicación “racional” tiene para ser un acto tan sincero, en el que se respeta el atrevimiento de dejarle una de las mejores muestras de afecto a tu vecino de banco que, en mi caso, siempre es mi hijo.
El final de aquel ritual que junta a Dios, la Iglesia, los gladiadores, el “coro de almas” y cada uno de sus componentes. Ese que atiende en un solo lugar, que sucede en un “domingo de descanso” donde se refleja la pasión por trascender, por ser parte de aquellos momentos épicos, de una institución que queremos casi o más que a nuestra madre. En muchos casos, y es especialmente el mío, ese día es el espacio y reflejo de la pasión que tiene una persona por su club, pero especialmente es la linda excusa para tener a mi hijo al lado.

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