OJALÁ NO HAYA SIDO LA ÚLTIMA

Parecía impensado, meses atrás. Tanto Roger Federer como Rafael Nadal venían de perderse prácticamente media temporada por sendas lesiones. Uno en la rodilla, el otro en la muñeca. Pero el destino, la vida misma, simplemente ellos dos o vaya uno a saber qué, los volvió a enfrentar en una final de Grand Slam. Más precisamente en el primero del año y el que abre el calendario tenístico: Australian Open.
El mundo del tenis quedó anonadado cuando Andy Murray y Novak Djokovic, uno y dos del mundo respectivamente, quedaron eliminados del torneo. Sí, porque para sorpresa de los desprevenidos, la final entre Roger y Rafa no fue entre el primero y el segundo, como nos tuvieron acostumbrados durante esta rivalidad. Hoy uno llegó al torneo sin siquiera ser top ten, pero no hay discusión en que es el mejor de la historia. El otro, ya no posee el físico que tenía a sus 23 o 24 años, pero cuenta con un alma admirable y un corazón inmenso.
Para ambos fue difícil el camino a la final. El primero en llegar fue Federer, que tras ir dos sets arriba, empezó a cometer errores recordándonos que es un ser humano y le dio vida a su compatriota Wawrinka. Pero si algo tiene Roger y podemos comprobarlo tras su regreso de la lesión, es su capacidad para reinventarse, aún sin perder la esencia. Porque la magia al momento de impactar la pelota, sigue intacta. Y lo venció con justicia. Al día siguiente, llegó el momento del mallorquí. Lo tuvo en el tie break del cuarto set, pero se le escapó ante un sólido Dimitrov. Pero si algo identifica a Rafa por sobre todas las cosas, es nunca darse por vencido. Durante su carrera jamás dio por perdida una pelota. Menos iba a tirar la toalla en el quinto set, sabiendo que en la final lo estaba esperando su rival de toda la vida. Quizás ese haya sido el motor de Nadal para dar el plus que se requiere en momentos cúlmines para llevarse la victoria.
La trascendencia que tomó está final del Australian, nunca antes fue vista. Por cómo llegaban, por el renacer de la rivalidad en una nueva final de un torneo importante, por lo que estaba en juego o simplemente, por lo que generan estas dos leyendas vivientes de este deporte tan hermoso. Porque Federer es el tenis y el tenis es Federer. Porque Nadal es la antítesis de Federer y vaya a saber que será del tenis cómo síntesis de esto. Pero de algo estamos seguros y es que estuvimos en presencia de la resurrección de la rivalidad más grande en la historia del tenis y me atrevo a decirlo con el perdón de Sampras, Agassi, Becker y otros tantos enormes tenistas.
Sin lugar a dudas que nos regalaron un espectáculo digno de una final. Otra batalla épica entre ambos gladiadores. Quedará inmortalizada en la retina de cada persona que madrugó o que pasó de largo para verlos. Cada uno sacó a relucir su estilo en su máximo esplendor. Y no defraudaron. Porque sí a algo nos acostumbraron Federer y Nadal, es a mantenernos pegados al TV las horas que sean necesarias para que nos deleitemos con su tenis. No importa si es de tarde o noche, ni de madrugada o de mañana, siempre estábamos ahí. Lo destacable de esta final, es que nos mantuvo a la expectativa hasta el último instante y en un sentido literal. Parecía que todo iba a darse como siempre, con Federer dominando y quedándose a las puertas en los momentos cruciales del partido siendo acechado por los fantasmas del pasado, en donde siempre saca diferencia Nadal. Pero esta vez, todo cambió. El suizo se reinventó a sí mismo y a su juego. Sabía que, con la misma fórmula, no iba a poder vencer al español. Por eso decidió en todo momento ser ofensivo y arriesgar con tiros ganadores. En consecuencia, tuvo la cantidad de errores no forzados que se reflejaron en las estadísticas. Pero al cambiar y romper con el esquema, desconcertó a Rafa y no le dejó opción. El suizo impuso su juego y gracias a ello obtuvo el triunfo. Porque lo quiso más que Nadal. Claramente que el trofeo pudo habérselo llevado cualquiera de los dos. Pero lamentablemente en el tenis no hay empates, aunque el mismo Roger lo dijo que “si existiera, estaría orgulloso de compartir el titulo con él”.
Nos obsequiaron momentos que nos despegaron de nuestros asientos. Porque la tensión era tal, que difícilmente uno podía estar relajado, siendo imparcial y disfrutando como mero espectador inerte. Una de las ocasiones a recordar, fue un peloteo fantástico y de excelencia, digno de dos jugadores de élite como lo son, que culminó en un drive paralelo de Federer para que todo el Rod Laver Arena se pusiera de pie y aplaudiera hasta el cansancio. La euforia hasta ese momento era máxima. Pero para que la final se consuma con broche de oro, faltaba la intriga que se vivió en los segundos finales del partido. En esos challenges interminables, en los que ninguno quería otorgarle un mínimo de ventaja al otro. O quizás, ninguno quería irse de allí, porque entendían, o al menos percibían, lo que estaban generando. Finalmente, se tuvo que esperar a la tecnología para la consagración de Roger y su posterior emoción. Las mismas lágrimas que derramó al conseguir su primer torneo de Grand Slam en Wimbledon, allá por 2003. Porque eso es lo que tiene Federer a pesar de todo. Que regresó de una seria lesión y a sus 35 años, para seguir jugando al máximo nivel por la pasión que siente por el tenis. Logros le sobran y dinero ni hablar, pero el amor a este deporte es algo inexplicable que solo él demuestra con sus actuaciones. Porque Roger es arte, es magia y da placer verlo jugar. Además, es lo más parecido a la perfección que existe, porque si Dios jugara al tenis, seguramente lo haría con una Wilson y el revés a una mano.
Les agradecemos por todo lo dado en este tiempo y por regalarnos una nueva final de Grand Slam. A pocos les importa quién de ustedes dos termina llevándose la victoria o quien de ustedes dos es “más grande” ya sea por la paternidad o por la cantidad de títulos. Eso es mera anécdota. En definitiva, el triunfo es siempre del tenis y para nosotros, los espectadores. Ahora, aprovechando el gran momento de ambos y cómo ustedes nos han acostumbrado y elevaron la vara de exigencia a otro nivel, les pedimos que, ojalá, no haya sido la última.

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