RIVER CAMPEÓN DE LA SUPERCOPA

Siempre se ha dicho que un Superclásico es un partido aparte. Es una ley inexorable del fútbol. No importa cómo llegue cada uno, ese encuentro es especial: distinto a todos, sin lógica alguna y en las que, normalmente, quién peor llega se termina recuperando a costa de su rival. Los dos transitaban la Superliga de manera similar en la previa, pero con una diferencia abismal en cuanto al puntaje. Boca le ganó a Tigre por 2 a 1 en la jugada final, con un gol agónico de Leo Jara; mientras que River venció a un Patronato de muy buena campaña por 1 a 0, tras un córner en tiempo adicional. Pero el Xeneize llegaba puntero, sacandole 8 puntos a su inmediato perseguidor. Los de Gallardo, por su parte, a media tabla con 23 puntos, exactamente la mitad que su histórico rival y con la derrota ante Lanús en la Libertadores como antecedente de las definiciones mano a mano.
Ese era el contexto. Así llegaba cada uno, con sus pro y sus contra. Boca sin su motor de juego, Gago y sin su goleador, Benedetto. River con sus caras nuevas y más dudas que certezas; aunque con la convicción de siempre de su entrenador, Marcelo Gallardo. El Muñeco demostró, una vez más, que está hecho a la medida de estos partidos. Los entiende, interpreta y ejecuta a la perfección. Napoleón, con 8 títulos y dos eliminaciones a Boca en Copas Internacionales, hiere de muerte nuevamente al Xeneize. Lo único que podrá salvar a Guillermo, es una gran campaña en la Libertadores. Sin ir más lejos, el Vasco Arruabarrena corrió la misma suerte: campeón de la competición local, sendas eliminaciones con River en las copas y afuera del banco de la Bombonera.

Boca comenzó mejor el encuentro, dominando y profundizando al vacío gracias a los piques de Pavón. Pero el Millonario reaccionó y a los 17’, Cardona cometió un penal insólito y Pity Martínez lo cambió por gol. 1 a 0 y a otra cosa. El Xeneize jamás pudo llegar al arco rival. Sin ideas, sin un nexo que conecte a los medios con los delanteros -Pablo Peréz quedó en deuda en ese rol- y un Tévez que cada vez se siente más incómodo jugando de 9, aunque tenga algún que otro gol. Carlitos ya no es el mismo. No tiene la facilidad de aguantar al defensor, pivotear y descargar o girar. Está para otra cosa. Para ser un segundo delantero detrás del 9 y llegar con la cancha de frente. Para abrir a los extremos o meter un pase filtrado al goleador. Pero no para chocarse los 90’ con los defensores rivales, con más envergadura física que él. También es cierto que cuando entró Wanchope, tampoco pudo hacer pie. Si bien es cierto que Boca creció en el complemento e intento en la medida que pudo -siempre se encontró con la figura de Armani-, la suerte ya estaba echada; y Scocco dio el golpe de KO para los de la ribera.
La redención del Pity es algo espectacular. Y pensar que cuando llegó a River, era resistido por sus actuaciones. Hoy, su rendimiento y su juego es decisivo, a tal punto de que el Millonario sintió su ausencia en el lapso de su lesión. El ex Huracán se puso a espaldas de Barrios y le sacó ventaja. Cuando el colombiano fue amonestado, jugó condicionado y el 10 Millonario explotó , siendo uno de los mejores del equipo, a tal punto de asistir a Scocco en el segundo gol.
Párrafo aparte para el 1 de Gallardo. Jugó prácticamente como líbero en determinadas circunstancias, como un buen arquero con la defensa adelantada debe hacer. Interpretando bien las jugadas. Leyendo las situaciones de juego, tapando las jugadas claves, como el cabezazo de Pavón y el centro que rebota en la espalda de Pratto que casi se le mete en el segundo período. La de Fabra y el posterior remate del 7 Xeneize, también fueron atajadas por el flamante refuerzo del Millonario. Armani llegó para ésto. Ahuyentó la melancolía de los hinchas por Barovero en poco tiempo. Con pocos partidos, se encamina para ser idolo de River y, por qué no, ser convocado para jugar el Mundial de Rusia de 2018.

 

Sin lugar a dudas, tanto Gallardo como eje de grupo, como Armani, quien transmite la solidez defensiva, son hombres determinantes. El Muñeco es un maestro de la táctica y de partidos decisivos. Les impregna un chip a sus jugadores que los hace irreconocibles, comparando con el nivel que tenían, en el buen sentido. Los explota psicológicamente y saca lo mejor de cada uno. Reflota esa mística que existe en el fútbol y aparece en los partidos de ésta índole. Disipó todas las dudas en el escenario más complejo y contra el rival más duro. Si había crisis, que no se note… Por su parte, el arquero retornó a su país para demostrar de lo que es capaz. Y sin dudas quedó evidenciado, en el evento futbolístico más visto por Argentina: el Superclásico. Armani demostró que es arquero de equipo grande y no solo eso, sino que también es uno de selección. Templanza y seguridad, las premisas que manejó el ex Atlético Nacional. Por todo esto, el Capítulo 2 de una nueva final entre Boca y River, quedó para el Millonario, equiparando la balanza, tras aquella derrota en el 76’. ¿Existirá un desempate en el corto plazo?

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