SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

Se dio el milagro nomás. El destello de esperanza que veíamos, apareció. El 10 nos iluminó con su gol. Banega macó el camino. Y por Rojo, vivió. Así clasificó Argentina. De manera agónica. Con un ojo en otro partido. Con el otro ante Nigeria. Con el corazón en la mano. La garganta inflamada. La euforia a flor de piel. Y el sueño del Mundial, intacto. Así parece ser el rumbo argentino en Rusia. Atado a un anhelo e ilusión aislada. Pero esperanza, al fin y al cabo.  Aunque no debemos desviar el foco: lo futbolístico aún es deuda. Es verdad, el momento no era este. El encuentro ante Nigeria se ganaba con el corazón. Así fue. Ahora viene Francia. Un rival con mayor jerarquía y mejor armado, muy similar a Croacia, que ya nos propinó un golpazo.  Un error, en esta instancia, nos regresa a casa. Pogba, Griezmann, Mbappé, Dembele, Kanté; infinidad de cracks tiene el conjunto galo. No hay que subestimarlo ni cometer el mismo suicidio que contra los croatas. Debe primar la mesura, como hoy. Pero sobre todo, deben aparecer los socios de Messi. Es la única vía.
El día de hoy, Banega fue el enlace perfecto de los medios con los delanteros. El primer gol es 80% de él: exquisita asistencia por encima de la defensa. Obvio que Messi simplificó todo con ese control de muslo, con el cual le sacó ventaja al defensor y la cruzó de derecha. Un golazo. El Messias convertía en realidad el milagro. Pero al culminar el primer tiempo, la selección mostró vestigios de que algo no andaba bien. Nigeria ganó terreno y llegó con más claridad. Y lo confirmó a comienzos del 2T: penal insólito de Mascherano y Musa lo pateó con una jerarquía absoluta. Todo cuesta arriba, otra vez.
La adversidad se presentaba nuevamente en el escenario argentino. Esa que tanto se quiere evitar, pero que partido a partido se nos presenta. Esa que a los jugadores les cuesta tanto revertir, salvo aquella excepción con Ecuador. Hoy, era de vida o muerte. La euforia estaba al rojo vivo. Sampaoli hizo los cambios que debía: adentro Pavón y Meza (no rindió como se esperaba), afuera Enzo Pérez y Di María, ambos flojos. Armani tuvo una atajada monumental. Demostró por qué es arquero de equipo grande, gana partidos y de selección. Era el golpe de gracia, y Franco apareció. Cuando el tiempo era escaso, jugado por jugado, el DT echó toda la carne al asador: afuera Tagliafico, adentro Kun Agüero. La modificación tal vez pasó desapercibida, pero tiene un condimento especial para explicar el gol. Al no existir 3, quien ocupó esa posición fue, justamente, Marcos Rojo, el autor del agónico gol. Esporádicamente, fue el lateral izquierdo. Subió tantas veces como pudo. Hasta que se encontró ahí. En el área rival. De manera antinatural. Sorprendiendo. Con la pierna cambiada. Como hace 4 años, definiendo un partido crucial, ante el mismo adversario. Es solo un dejavú.
Argentina avanzó de fase como tenía que ser. Sufriendo. Porque se lo buscó. Se podría haber evitado, pero ya era demasiado tarde. Los jugadores demostraron su capacidad para revertir la adversidad cuando la soga aprieta más de la cuenta. La primera final, como cuerpo técnico y jugadores entendieron que era, fue superada. Ahora viene la segunda. Comprendieron cómo jugarla. Dejando todo. Mascherano con el rostro ensangrentado. Messi tirándose al piso, presionando, cuando lejos está de ser su verdadera faceta. Higuaín peleándose contra toda la defensa nigeriana. Y el resto acompañando y metiendo. Porque no se guardaron nada. Dejaron todo. Y obtuvieron el triunfo. Las lágrimas de los jugadores, representó a todo un pueblo. Emocionado. Nervioso. Angustiado. Impaciente. Muchos, al borde del llanto. Y créanme, que más de uno quebró. Pero la alegría del final, quedará por siempre. De la agonía al éxtasis, Argentina clasificó a octavos de final con sangre, sudor y lágrimas.

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